NORDLINGEN 1634, UN DÍA ANTES DE LA BATALLA
El pabellón del cuartel general del ejército de la Liga Católica era tan enorme como ostentoso.
No había rincón en el que no se amontonaran estandartes, tapices, muebles de floreados diseños, jarrones de porcelana fina, orfebrería de plata y bronce y armas procedentes de todos los rincones del mundo conocido. No en vano los ejércitos de sus Católicas Majestades, los Habsburgo, habían saqueado la mitad de este mundo y parte del restante.
Al Duque Carlos de Lorena, caballero austero y de maneras discretas, tanta opulencia le saturaba los sentidos. Aristócrata leído, el Duque de Lorena simpatizaba en secreto con buena parte de las liberales ideas luteranas, especialmente en lo concerniente al gusto que mostraba la jerarquía eclesiástica por el poder y los placeres mundanos. Pero nobleza e intereses políticos obligan, y tanto de Lorena como su país, Baviera, estaban comprometidos a fondo, al menos de momento, con la causa católica. También le chocaba la riqueza de la que hacía gala la nobleza española en contraste con el aspecto desharrapado de sus soldados. Tropas éstas que a primera vista parecían chusma, simple carne de cañón, y a los que costaba imaginar como herederos de los soldados que habían dominado Europa y el mundo durante el último siglo y medio. Pero el de Lorena sabía que detrás de ese aspecto empobrecido había guerreros con tanto orgullo como oficio y que darían ejemplo al resto de tropas, especialmente a los numerosos y poco fogueados reclutas que formaban las filas bávaras y austro-húngaras.
Un fuerte eructo quebró las reflexiones íntimas del Duque de Lorena y le hizo fruncir el ceño.
Piccolomini había rebañado el fondo del puchero de spaghetti a la bolognesa y se limpiaba con
la manga de la camisa los restos de tomate y de grasa que le goteaban de la barba.
- Cazzo di Dio! - el vozarrón del general italiano retumbó en el pabellón como una carga de sus coraceros negros - Mozo, mi jarra está vacía. Andiamo presto, figlio di la grandissima puttana!
El Duque de Lorena lanzó una mirada reprobadora al español Marqués de Leganés, superior de Piccolomini y primer general del ejército que el Rey Felipe IV de España había enviado en
ayuda de su primo. Pero éste parecía ausente, sumido en sus propios pensamientos. Leganés, junto con el austro-húngaro Matthias Gallas, era el auténtico comandante en jefe del ejército católico. Nominalmente atendían a las órdenes de los dos Fernandos, el Cardenal Infante y el Rey de Hungría, pero aquellos dos príncipes, con buen criterio, fiaban en los dos veteranos generales casi todas las decisiones militares y sólo aparecían, de tanto en tanto, para ser aclamados por sus tropas o para posar sus rubios rizos delante de algún pintor italiano de moda.
Al otro lado de la mesa, el Marqués de Cervellón, segundo al mando del ejército español, compartía con Gallas un azumbre de palinka, el aguardiente de frutas que el general húngaro siempre tenía a mano. Ninguno de los dos se cruzaba una palabra. Hubo un momento en que sólo el vino bajando por la garganta de Piccolomini rompía el pesado silencio que se adueñó del pabellón.
- Los Fernandos se retrasan más de lo habitual - masculló finalmente Gallas - Casi tanto como los herejes.
Durante varios días, las descubiertas españolas e imperiales habían informado del avance del ejército protestante que acudía al rescate de la plaza de Nordlingen, sitiada por los católicos. Sin embargo, y a diferencia de la presteza que mostraban cuando el difunto Rey Gustavo los comandaba, esta vez los protestantes se lo habían tomado con mucha calma. Los espías de la Liga católica informaron que los protestantes parecían esperar a que se les uniera otro contingente de refuerzo que bajaba desde el norte. Ante la amenaza, el Marqués de Leganés y Matthias Gallas se apresuraron a montar una solida línea defensiva apoyada en la colina de
Albuch, situada al sur de Nordlingen, con el flanco izquierdo protegido por el río Rezembach y las marismas que se extendían hasta el pie de la colina. No obstante, al cabo los herejes habían decidido marchar contra su enemigo sin esperar a los refuerzos.
La situación, a priori, favorecía a los católicos: eran más numerosos y estaban bien atrincherados. Además, los suecos ya no contaban con la guía de su querido Rey Gustavo, al que llamaban el León del Norte, que había muerto bajo las armas católicas en Lützen, su última y postrera victoria. Las terribles bajas sufridas en esa batalla y la muerte de su rey habían socavado la moral de los suecos supervivientes y del ejército protestante en bloque. La cosa pintaba bien y la confianza en una pronta y decisiva victoria empezó a correr alegremente entre las filas católicas. Quizás por ello el Marqués de Leganés, que conocía de los devaneos de la diosa Fortuna, no las tenía todas consigo.
Matthias Gallas, aunque conocía bien al comandante español, en esta ocasión no compartía sus prevenciones. Las derrotas sufridas por los suyos a manos de los suecos y de los herejes sajones le escocían como sal en una herida y ardía en deseos de venganza. Esta batalla le daría la oportunidad de cobrarse con creces los agravios sufridos.
- No se preocupe, Don Leganés, que el pescado ya está en la red. Sólo nos queda clavarle bienel espetón y asarlo.
- Eso espero, estimado Matthias, eso espero. Veremos qué disponen hoy nuestros príncipes. Parece que ya están aquí.
Una comitiva de pajes y heraldos precedieron la entrada en el pabellón del Cardenal Infante Fernando, hermanísimo del Rey de las Españas, y de su primo el Rey Fernando de Hungría. Los cinco generales, incluso Piccolomini, se levantaron e inclinaron sus cabezas ante sus príncipes. Éstos tomaron asiento en el trono doble que presidía la mesa del consejo. Eran jóvenes y arrogantes y desprendían poder en cada uno de sus gestos. Se les notaba alegres, observó Carlos de Lorena, lo cual no supo discernir si era bueno o malo.
- Señores, la batalla se avecina – dijo con solemnidad el Cardenal Infante tras pedirle la venia con un gesto a su tocayo. Ante tal obviedad, el corpachón de Piccolomini se estremeció y por un momento de Lorena creyó, aterrorizado, que el italiano iba a soltar una carcajada. Pero Piccolomini se repuso de inmediato ante la mirada gélida del Marques de Leganés.
- Su Alteza y nos hemos recibido carta del Rey Felipe – continuó el Cardenal Infante - Ha dispuesto la celebración de una docena de misas para que la Providencia nos ayude ante esta misión. Dios está de nuestro lado, señores, y los herejes han de pagar, de una vez y por todas, su arrogancia y su apostasía.
- Mañana los borraremos de la faz de la Tierra. Esta victoria debe ser absoluta. Es nuestra
misión dar ejemplo en todo el mundo cristiano para que sepan lo que les espera a aquellos
que se separan del camino correcto – añadió el Rey de Hungría.
El Marqués de Leganés sabía que detrás de las palabras del Rey Fernando estaba su deseo de ganar puntos para alcanzar el trono del Sacro Imperio Romano-Germánico. Por parte de su señor el Cardenal Infante, Leganés también era consciente de las dificultades financieras que sufría su hermano el Rey Felipe, empeñado en varios frentes a lo largo y ancho del extenso Imperio español. Un ejército más en armas, como éste que había enviado a Alemania, le resultaba demasiado oneroso como para mantenerlo durante mucho tiempo en campaña. Una victoria decisiva, que acabara con la amenaza protestante, no sólo era conveniente, sino absolutamente necesaria para los intereses de los Habsburgo. Pero Leganés sabía que los suecos y sus aliados eran un hueso muy duro de roer, y no pudo evitar rechinar los dientes antes de dirigirse a los príncipes.
- Altezas, los generales aquí presentes y yo mismo estamos para serviros, a vuecencias y al Rey.
Leganés hizo una pausa antes de continuar, que impacientó visiblemente a los dos
Fernandos. - Entiendo que es voluntad de nuestro Rey Felipe y orden suya que mañana mismo combatamos contra el enemigo.
- ¿Dudáis acaso de nuestras palabras, general? – la voz del Rey de Hungría era tan afilada como el acero gris de sus ojos.
- En absoluto, mi Alteza. Sé que nuestro Rey Felipe es consciente del inmejorable ánimo de
nuestras tropas y de nuestra confianza ante la victoria final. Como sé, también, que conocerá la fortaleza de nuestra actual posición y de la ventaja que nos proporciona ante el ataque de los herejes.
- ¿A dónde queréis llegar, Marqués? – el Cardenal Infante fue más suave que su primo al dirigirse al general, pero en su tono también se apreciaba una velada amenaza. Leganés sabía
que debía andarse con cuidado.
- Altezas, os propongo que esperemos a que los herejes intenten el asalto a nuestra posición y que su fracaso sea el comienzo del ataque de nuestras tropas. De este modo aseguraremos
que la victoria sea aplastante.
- Querido primo, no esperaba tanta prudencia en un Grande de España – dijo Fernando de
Hungría a su tocayo con retintín.
Gallas observó cómo Leganés enrojecía hasta las cejas. Cualquier otro que le hubiera insinuado cobardía estaría enfrentándose en ese momento a la espada del Marqués. El Cardenal Infante, que apreciaba al de Leganés en lo que valía, salió al paso.
- Queridísimo primo, estoy seguro que el Marqués y los generales aquí presentes nos van a
proporcionar, con la ayuda de Dios, una victoria que se recordará y será celebrada durante muchos siglos. Tiene mi confianza absoluta. Así que, si os parece bien, démosle un par de días de margen para probar su plan.
- De acuerdo, amadísimo primo – contestó el Rey de Hungría – Pero que sea sólo un día.
- Está bien. Generales, éstas son sus órdenes. Si pasado mañana al alba los herejes todavía no han atacado, lo haremos nosotros. Dispongan lo que sea necesario para ello. Eso es todo. Queden con Dios.
Los dos Fernandos y su séquito abandonaron el pabellón sin más ceremonia y dejaron a los
cinco generales discutiendo los detalles del plan de batalla.
- Matthias, Conde de Lorena, señores… Deseo que desde esta misma noche envíen vuesas
mercedes tropas en escaramuza que provoquen al enemigo. Piccolomini, haga que sus
coraceros negros se paseen a la vista del enemigo, seguro que recuerdan quiénes son y que han hecho a sus esposas e hijas. Cervellón, organice encamisadas de la gente de nuestros tercios viejos. Gallas, haga que esos croatas se ganen la soldada en campo enemigo. Que sangren todo lo posible a los herejes y, si pueden, que claven unos cuantos cañones, que parece que es lo único en que nos aventajan. Y recemos porque les calentemos lo suficiente para que mañana nos ataquen.










